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La rutina escolar 

Ing. Estibaliz Martin

Para ser un buen maestro hay que saber enseñar. Más fácil decirlo que hacerlo ¿verdad? 

¿Qué pasa cuando estamos restringidos por cierto sistema o método de enseñanza que “nos corta las alas”? 

Lo cierto es que las clases de las que más se acuerda uno son las que realmente aprende algo, y (en mi opinión) las que se salen de la rutina. 

Una de las clases que más recuerdo en primaria, fue cuando una maestra llevó un contenedor de tierra al salón. Este contenedor tenía objetos escondidos, y cada quien tomó turnos para ver qué tesoro descubríamos dentro: un clip, un dulce, monedas e incluso algo que no estaba planeado, una pequeña lombriz. El objetivo de este juego era escribir un cuento incluyendo los objetos encontrados.  

Si la maestra nos hubiera dicho, escriban un cuento incluyendo ciertas palabras, hubiera sido un ejercicio más “del montón”, y probablemente nunca hubiera escrito nada relacionado con él. Sin embargo,  mi maestra involucró algo fuera de lo común,  y así logró que yo recordara la experiencia con gusto, e incluso hablando con compañeros de clase de esas épocas ellos también recuerdan el cuento de la tierra y lo divertido que fue ensuciarnos las manos. 


Más adelante en prepa, tuve otra maestra fuera de lo común, ella nos daba clases, pero un día nos confesó que ella no era realmente maestra. Marie, había nacido en Francia, se casó con un mexicano y ambos decidieron venir a vivir a México. La escuela decidió contratarla para dar clases de conversación en francés porque no había nadie mejor que un “oriundo” para enseñar conversaciones en un idioma diferente.  

Nosotros los alumnos no teníamos mucha práctica hablando el idioma. Nuestra experiencia se basaba más que nada en lo típico que nos enseña un libro de texto: hola, me llamo…, como le va…, y por supuesto sabíamos repetir conjugaciones de verbos pero no sabíamos usarlos.  Al ver el nivel del grupo, mi maestra decidió que no necesitábamos contestar otro libro de ejercicios, si no aprender a formular oraciones y expandir el vocabulario, así que cambió la dinámica de la clase y nos ayudó a desarrollar el oído y el habla con películas, canciones y libros en francés.  

Otra experiencia muy interesante y divertida fue en la universidad, en la clase de microbiología, donde nos separaron en grupos, nos armaron con cotonetes, guantes y bolsas ziplock y nos mandaron a explorar el campus y tomar muestras de lo más sucio que encontráramos, y otras de lo que creíamos que era lo más limpio.   

Después de 20 minutos muy agitados, regresamos al salón con nuestras muestras, tomamos la clase de introducción a microbiología y de allí nos llevaron al laboratorio (de la misma materia) donde ya tenían preparados platos Petri con diferentes tipos de agar y nos enseñaron a cultivar nuestras muestras. Debíamos de regresar un día del fin de semana para ver qué había crecido. Lo chistoso fue que aunque era sábado temprano, no faltó nadie, ya que todos estábamos con muchas ganas de ver qué había crecido. 


En mi experiencia una persona no recuerda todo lo que vive, si no momentos diferentes que nos sacan de lo establecido.  Probablemente no recordamos cada clase de ciencias, pero seguro recordamos cuando logramos hacer crecer una plantita de un frijol. Aunque sea un cambio sutil (como tomar la clase en el patio), me atrevo a decir que un cambio en la rutina puede lograr que la clase pase de ser “una más” a  la clase que recordaremos toda la vida. 


El meollo del asunto es que el tener un título en pedagogía no nos garantiza ser, o contratar buenos profesores. Hay que buscar o ser gente que sepa y que le guste enseñar, hay que educar a los maestros dándoles herramientas novedosas, que les facilite la parte administrativa y tediosa, inscribiéndolos en clases o cursos que promuevan su creatividad y liderazgo, pero más que nada darles libertad y tiempo en sus clases para poner sus conocimientos en práctica y que así logren tener éxito con los alumnos.